Detente un segundo y observa su último suspiro... podría ser lo más hermoso y triste que verás en tu vida... o en el día.
Cleopatra ya no quiere más.
Ya no mira al sol con dulzura y vigor. Su lozanía se le ha escapado y el verdor de sus hojas se extinguió dejándola amarillenta como los dientes de un fumador. No brilla a la claridad del otoño, y sus tallos se inclinan con vergüenza porque le ha ganado el frío.
Frío, frío.
El helado viento mordisquea el borde de sus hojas y éstas se doblan y entristecen.
Cada pétalo rosado ahora se posa sobre la almohada de tierra en su macetero de greda y lento, lento se pudren y la envejecen aún más.
Llora, llora Cleopatra. Llora sus flores, su hermosura, su vida.
¿Cómo tan poderosa belleza puede morir?
Las nubes grises se ríen de ella.
Es un león sin su melena. Una cebra sin rayas. Un pavo real sin cola.
Es una planta sin hojas, sin pétalos y sin vida, literalmente.
Frío, frío derrotó a Cleopatra.
El otoño sin compasión le arrancó su último respiro. Yace ahora su esqueleto de celulosa seco incrustado en la tierra fría... fría.
martes, 17 de mayo de 2011
martes, 3 de mayo de 2011
Un lápiz nuevo
Camino a mi casa me fui observando las tiendas de la avenida.
Me llamó la atención una que era sombría, casi imperceptible, y que tenía una letrero con la forma de una inmensa lombriz, asi que, a pesar de que tenía tarea que hacer, entré por curiosidad. El típico sonido de campanitas que suelen hacer las puertas de las tiendas cuando alguien entra, era más bien un ruido de gruñidos a volumen bajo. El vendedor, detrás de una mesa cuya superficie sostenía la caja registradora y algunos artículos baratos, tenía el pelo negro y hasta los hombros, usaba una capa azul marino y un sombrero redondo y abultado del mismo color, que daba a su cabeza aspecto de hongo. Parecía un vagabundo completamente loco.
Vi muchísimos objetos no identificables, y lo menos fantástico que encontré, fue un lápiz a pasta con forma de serpiente, y como llevaba algo de dinero, lo compré.
Cuando estuve sentado en mi escritorio dispuesto a hacer mi tarea decidí usar el lapiz nuevo. Enrosqué la cola de la serpiente para que se descubriera la punta y comenzar a trazar los números de los deberes de matemáticas, pero al presionarlo contra el papel, el lápiz se volvió blando y se deslizó por mis dedos como una verdadera serpiente, hasta trepar a la ventana donde se giró para decirme entre siseos "No se lo cuentes nunca a nadie".
Después de éso se fue, dejándome con un temor inmenso a entrar a tiendas desconocidas.
Me llamó la atención una que era sombría, casi imperceptible, y que tenía una letrero con la forma de una inmensa lombriz, asi que, a pesar de que tenía tarea que hacer, entré por curiosidad. El típico sonido de campanitas que suelen hacer las puertas de las tiendas cuando alguien entra, era más bien un ruido de gruñidos a volumen bajo. El vendedor, detrás de una mesa cuya superficie sostenía la caja registradora y algunos artículos baratos, tenía el pelo negro y hasta los hombros, usaba una capa azul marino y un sombrero redondo y abultado del mismo color, que daba a su cabeza aspecto de hongo. Parecía un vagabundo completamente loco.
Vi muchísimos objetos no identificables, y lo menos fantástico que encontré, fue un lápiz a pasta con forma de serpiente, y como llevaba algo de dinero, lo compré.
Cuando estuve sentado en mi escritorio dispuesto a hacer mi tarea decidí usar el lapiz nuevo. Enrosqué la cola de la serpiente para que se descubriera la punta y comenzar a trazar los números de los deberes de matemáticas, pero al presionarlo contra el papel, el lápiz se volvió blando y se deslizó por mis dedos como una verdadera serpiente, hasta trepar a la ventana donde se giró para decirme entre siseos "No se lo cuentes nunca a nadie".
Después de éso se fue, dejándome con un temor inmenso a entrar a tiendas desconocidas.
domingo, 1 de mayo de 2011
¡CABÚM!
Explosión.
Un chisporroteo tal que hasta en la esquina de la cuadra su estruendo se oyó. Hasta más lejos llegó a sonar, pero nadie existía por ahí para que fuera recibido.
Un ultrasonido saliendo de las sienes de la chica que un mensaje en celular ajeno leyó, disgustó hasta la más remota conección de neuronas de su cerebro, la llenó de estúpidos temblores sin fundamento y la hizo botar al piso el plato de comida de su perro.
Deseó ella en aquel momento, no haber estado en sus días, ya que todo, éso lo empeoró. Pero más odioso era, haber estado ofuscada con el personaje remitente del mensaje de celular ajeno que leyó.
Explosión.
Tantas ondas expansivas de odio y decepción radiándola metros y metros, que de los árboles sus hojas cometieron suicidio.
Una fuerza sideral de enojo emanando de la cabeza de la chica, que semanas antes sorprendió al remitente del mensaje de celular ajeno que leyó, buscando a tientas bajo el velador no propio de él, sino que de ella, haciéndola sacarlo de ahí agarrándolo de una oreja, y gritándole una sarta de improperios bien merecidos, según la chica.
Pareció que allí en el pasado, superado habíase aquel acontecimiento, y olvidado tendría que quedar cualquier resquicio de cometer semejante atrocidad de nuevo.
Y... explosión, pues.
Tan fuerte, que morado el cielo se puso y se secó el pasto de su patio y el de todos sus vecinos.
Miles de ondulaciones eléctricas y piróforas escapando del cuerpo de la chica que luego corrió escaleras abajo, una sillita arrimó al refrigerador, y encaramándose para observar su superior superficie se enteró de que no divisó lo que buscaba.
Tuvo certeza de sus sospechas cuando Hugo, dueño del celular de donde la chica un mensaje leyó, salió a toda prisa por la puerta principal y se perdió en la lejanía del fin del pasaje, seguramente a encontrarse con el remitente del mensaje, Francisco.
Estaba todo más que claro para Ana. Sus hermanos menores se habían apropiado de su tesoro escondido.
Ya no tenía más que hacer, y encerróse en su cuarto, maldiciendo cada palabra del mensaje que decía: "Encontré los chocolates de Ana. Nos vemos en la plaza".
Un chisporroteo tal que hasta en la esquina de la cuadra su estruendo se oyó. Hasta más lejos llegó a sonar, pero nadie existía por ahí para que fuera recibido.
Un ultrasonido saliendo de las sienes de la chica que un mensaje en celular ajeno leyó, disgustó hasta la más remota conección de neuronas de su cerebro, la llenó de estúpidos temblores sin fundamento y la hizo botar al piso el plato de comida de su perro.
Deseó ella en aquel momento, no haber estado en sus días, ya que todo, éso lo empeoró. Pero más odioso era, haber estado ofuscada con el personaje remitente del mensaje de celular ajeno que leyó.
Explosión.
Tantas ondas expansivas de odio y decepción radiándola metros y metros, que de los árboles sus hojas cometieron suicidio.
Una fuerza sideral de enojo emanando de la cabeza de la chica, que semanas antes sorprendió al remitente del mensaje de celular ajeno que leyó, buscando a tientas bajo el velador no propio de él, sino que de ella, haciéndola sacarlo de ahí agarrándolo de una oreja, y gritándole una sarta de improperios bien merecidos, según la chica.
Pareció que allí en el pasado, superado habíase aquel acontecimiento, y olvidado tendría que quedar cualquier resquicio de cometer semejante atrocidad de nuevo.
Y... explosión, pues.
Tan fuerte, que morado el cielo se puso y se secó el pasto de su patio y el de todos sus vecinos.
Miles de ondulaciones eléctricas y piróforas escapando del cuerpo de la chica que luego corrió escaleras abajo, una sillita arrimó al refrigerador, y encaramándose para observar su superior superficie se enteró de que no divisó lo que buscaba.
Tuvo certeza de sus sospechas cuando Hugo, dueño del celular de donde la chica un mensaje leyó, salió a toda prisa por la puerta principal y se perdió en la lejanía del fin del pasaje, seguramente a encontrarse con el remitente del mensaje, Francisco.
Estaba todo más que claro para Ana. Sus hermanos menores se habían apropiado de su tesoro escondido.
Ya no tenía más que hacer, y encerróse en su cuarto, maldiciendo cada palabra del mensaje que decía: "Encontré los chocolates de Ana. Nos vemos en la plaza".
domingo, 17 de abril de 2011
Camino a su casa
Pantalones angostos, camisa cuadrillé, y zapatos de caña alta me vistieron para ir a la casa de mi novio.
Fui al paradero más cercano a mi casa a esperar que pasara el colectivo que me deja a media cuadra de su hogar. Pasaron unos cuatro buses que no tomé. Pero no importa, no iba apurada. Así son las vacaciones. HAY tiempo.
Me senté en el paradero a esperar. Miré hacia el lado y... un chico... demasiado guapo... algo mayor, vestido con pantalones angostos y un piercing que le cruzaba toda la oreja. Qué rudo.
Lo observaba por el rabillo del ojo y me sorprendía que no dejase de mirarme. Giré mi cabeza para encontrarme con sus ojos pero bajó la mirada y se fijó en sus zapatos.
Llegó otro de los transportes que me sirven para llegar a la casa de Camilo e iba casi vacía así que subí... Él también.
Me senté al principio y el misterioso chico lindo al fondo, así que mi aventura de conocer al personaje no cesaría hasta que me bajara en el paradero de mi destino.
Miraba para atrás ¿Qué esperaba encontrar? "Estás siendo una infiel mental Javierita" me decía mi Yo interior.... Pero... Me sonreía ¿Entiendes? ¿Qué persona me sonríe a mí en un colectivo? Seguramente es porque somos de la "misma especie".
...Valor. Nadie en ese bus me conocía. Me levanté y paseé por el pasillo del móvil hasta llegar un asiento más adelante que él. Nos miramos y reímos, como hablando por telepatía, pero no era la realidad pues anhelaba desesperadamente saber qué era lo que pasaba por su cabeza con cabellos color azabache.
¡NO! Llegué al paradero en el cual debía bajarme y su sonrisa se transformó en una mueca de pena.
Se abrieron las puertas y lentito bajé las escalas mientras lo miraba. Se cruzaron solo dos palabras.
Eduardo dijo él.
Javiera dije yo.
Las puertas se cerraron y el bus salió a la velocidad de la luz impidiéndome ver por última vez a Eduardo.
Y jamás he podido sacarme de la cabeza que cometí adulterio de pensamiento.
Fui al paradero más cercano a mi casa a esperar que pasara el colectivo que me deja a media cuadra de su hogar. Pasaron unos cuatro buses que no tomé. Pero no importa, no iba apurada. Así son las vacaciones. HAY tiempo.
Me senté en el paradero a esperar. Miré hacia el lado y... un chico... demasiado guapo... algo mayor, vestido con pantalones angostos y un piercing que le cruzaba toda la oreja. Qué rudo.
Lo observaba por el rabillo del ojo y me sorprendía que no dejase de mirarme. Giré mi cabeza para encontrarme con sus ojos pero bajó la mirada y se fijó en sus zapatos.
Llegó otro de los transportes que me sirven para llegar a la casa de Camilo e iba casi vacía así que subí... Él también.
Me senté al principio y el misterioso chico lindo al fondo, así que mi aventura de conocer al personaje no cesaría hasta que me bajara en el paradero de mi destino.
Miraba para atrás ¿Qué esperaba encontrar? "Estás siendo una infiel mental Javierita" me decía mi Yo interior.... Pero... Me sonreía ¿Entiendes? ¿Qué persona me sonríe a mí en un colectivo? Seguramente es porque somos de la "misma especie".
...Valor. Nadie en ese bus me conocía. Me levanté y paseé por el pasillo del móvil hasta llegar un asiento más adelante que él. Nos miramos y reímos, como hablando por telepatía, pero no era la realidad pues anhelaba desesperadamente saber qué era lo que pasaba por su cabeza con cabellos color azabache.
¡NO! Llegué al paradero en el cual debía bajarme y su sonrisa se transformó en una mueca de pena.
Se abrieron las puertas y lentito bajé las escalas mientras lo miraba. Se cruzaron solo dos palabras.
Eduardo dijo él.
Javiera dije yo.
Las puertas se cerraron y el bus salió a la velocidad de la luz impidiéndome ver por última vez a Eduardo.
Y jamás he podido sacarme de la cabeza que cometí adulterio de pensamiento.
lunes, 7 de marzo de 2011
En fila van los niños
¡Miren niños! ¡Ha llegado a la plaza de la rotonda vuestro queridísimo Señor Organillero!
Pero esta vez está más vistoso que los sábados anteriores. Lleva una espléndida chaqueta morada, unas botas con estampado de cebra y un sombrero de copa verde flúor con estampados de flores.
¿Querrá compensar que el sábado de la semana pasada no llegó con su organillo haciendo sonar tiernas y alegres canciones de cajas musicales? Desde que comenzó a frecuentar la plaza El Ojal, nunca se había ausentado a un sábado por la tarde. Dicen algunos adultos que tuvo un problema con la policía, aquellos adultos prohibieron a sus hijos que volvieran a jugar en la plaza, ni siquiera para usar el balancín o los columpios, pero... ¿Qué clase de problema podría causar el más simpático de los organilleros del mundo? Son calumnias las cosas malas que puedan decir acerca del Señor Organillero. Qué bueno que no mucha gente dé credibilidad a los falsos rumores.
Mientras con una mano da vueltas a la manivela de su organillo, con la otra sopla burbujas y llena la plaza de pompas de jabón de todos los colores imaginables. Los niños corren a reventarlas con sus deditos rechonchos, dando saltos y empujándose unos a otros. Pocos llevan dinero suficiente como para comprar una araña de hule o una botella de solución de burbujas. Los que no tienen la posibilidad se contentan con reventar las que hace el Señor Organillero.
¡Llegó la hora del desfile musical!
Comienza a sonar una musiquilla hipnotizante, y varios niños dejan de jugar y siguen al Señor Organillero, que caminando contra el viento hace que giren todos los molinos de papel brillante.
En fila van los niños girando y saltando al son de la canción propuesta por el músico. Se alejan de la plaza. No hay padres que puedan advertir que este señor esté alejando a sus hijos de la plaza. Hay total confianza en el lugar, pues son todos conocidos y de confianza.
Llega el Señor Organillero a su morada, aun con la hipnotizante musiquilla y muchos menores de edad a sus espaldas siguiéndole sin que éste les hubiera hablado en toda la tarde.
¡Qué frío hace en la casa del Señor Organillero! Abre la puerta metálica y ancha al fondo de su hogar y girando la manivela de su organillo con lentitud provoca que los niños, ya con los ojos desorbitados, entren a aquella habitación congelada en cuyo interior hay repisas donde se clasifica sin desorden las extremidades, órganos y sangre de otros niños que habían visitado su hogar algún sábado anterior.
Pero esta vez está más vistoso que los sábados anteriores. Lleva una espléndida chaqueta morada, unas botas con estampado de cebra y un sombrero de copa verde flúor con estampados de flores.
¿Querrá compensar que el sábado de la semana pasada no llegó con su organillo haciendo sonar tiernas y alegres canciones de cajas musicales? Desde que comenzó a frecuentar la plaza El Ojal, nunca se había ausentado a un sábado por la tarde. Dicen algunos adultos que tuvo un problema con la policía, aquellos adultos prohibieron a sus hijos que volvieran a jugar en la plaza, ni siquiera para usar el balancín o los columpios, pero... ¿Qué clase de problema podría causar el más simpático de los organilleros del mundo? Son calumnias las cosas malas que puedan decir acerca del Señor Organillero. Qué bueno que no mucha gente dé credibilidad a los falsos rumores.
Mientras con una mano da vueltas a la manivela de su organillo, con la otra sopla burbujas y llena la plaza de pompas de jabón de todos los colores imaginables. Los niños corren a reventarlas con sus deditos rechonchos, dando saltos y empujándose unos a otros. Pocos llevan dinero suficiente como para comprar una araña de hule o una botella de solución de burbujas. Los que no tienen la posibilidad se contentan con reventar las que hace el Señor Organillero.
¡Llegó la hora del desfile musical!
Comienza a sonar una musiquilla hipnotizante, y varios niños dejan de jugar y siguen al Señor Organillero, que caminando contra el viento hace que giren todos los molinos de papel brillante.
En fila van los niños girando y saltando al son de la canción propuesta por el músico. Se alejan de la plaza. No hay padres que puedan advertir que este señor esté alejando a sus hijos de la plaza. Hay total confianza en el lugar, pues son todos conocidos y de confianza.
Llega el Señor Organillero a su morada, aun con la hipnotizante musiquilla y muchos menores de edad a sus espaldas siguiéndole sin que éste les hubiera hablado en toda la tarde.
¡Qué frío hace en la casa del Señor Organillero! Abre la puerta metálica y ancha al fondo de su hogar y girando la manivela de su organillo con lentitud provoca que los niños, ya con los ojos desorbitados, entren a aquella habitación congelada en cuyo interior hay repisas donde se clasifica sin desorden las extremidades, órganos y sangre de otros niños que habían visitado su hogar algún sábado anterior.
miércoles, 19 de enero de 2011
Café Nocturno
Desperté recordando la pesadilla
temiendo haber mojado mi cama de miedo
pero me encontré recostada en una camilla
comprobando que todo había sido cierto.
Un tubo salía de mi nariz a una máquina.
Intenté sacarlo y ¡Dios mío! Solté una lágrima.
¡Me era imposible mover un brazo!
Intenté con mis pies pero no había caso.
Una enfermera acudió a mi cuarto.
Había sido atraída por mi llanto.
Dijo que era raro que pudiera pestañear
luego de ese terrible daño cerebral.
¿Estaba condenada por el mente insana?
¿Debía quedarme de por vida en cama?
Puse mis posibilidades en una balanza
y sola ahí tirada perdí toda esperanza.
Pero ¿quién es éste que me trata con tanto cariño,
con la ternura con que actuaría un niño?
¿Un rayo de sol en esta lluvia incansable?
¿Qué personaje adoptó forma amable?
Es el doctor a cargo de mi rehabilitación,
hombre con quien me casé dos años después.
Tenemos una hermosa relación.
Gracias a él puedo mover brazos y pies.
Todo mi amor y trabajo se los dedico.
Nunca conocí a nadie tan sincero y fiel.
Me devolvió la vida que se había llevado el enfermo.
Ahora soy una exitosa abogada gracias a él.
Tal vez nada de esto habría sucedido
sin aquel loco asesino del Café.
Deben ser las cosas del destino.
Da igual, enserio, ya lo superé.
temiendo haber mojado mi cama de miedo
pero me encontré recostada en una camilla
comprobando que todo había sido cierto.
Un tubo salía de mi nariz a una máquina.
Intenté sacarlo y ¡Dios mío! Solté una lágrima.
¡Me era imposible mover un brazo!
Intenté con mis pies pero no había caso.
Una enfermera acudió a mi cuarto.
Había sido atraída por mi llanto.
Dijo que era raro que pudiera pestañear
luego de ese terrible daño cerebral.
¿Estaba condenada por el mente insana?
¿Debía quedarme de por vida en cama?
Puse mis posibilidades en una balanza
y sola ahí tirada perdí toda esperanza.
Pero ¿quién es éste que me trata con tanto cariño,
con la ternura con que actuaría un niño?
¿Un rayo de sol en esta lluvia incansable?
¿Qué personaje adoptó forma amable?
Es el doctor a cargo de mi rehabilitación,
hombre con quien me casé dos años después.
Tenemos una hermosa relación.
Gracias a él puedo mover brazos y pies.
Todo mi amor y trabajo se los dedico.
Nunca conocí a nadie tan sincero y fiel.
Me devolvió la vida que se había llevado el enfermo.
Ahora soy una exitosa abogada gracias a él.
Tal vez nada de esto habría sucedido
sin aquel loco asesino del Café.
Deben ser las cosas del destino.
Da igual, enserio, ya lo superé.
viernes, 31 de diciembre de 2010
Clemente y el gato
La pintura mostraba un gato morado con rayas blancas y ojos verde claro tocando una guitarra con cinco cuerdas.
El gato tenía una mirada serena y una leve sonrisa que le daba un aspecto amigable, y al final de cada bigote había una flor de margarita. Botellas de cerveza vacías estaban desparramadas a sus pies.
Clemente se paró en frente y se puso a conversar con el gato:
- Oye gato ¿sabes dónde he dejado mi calcetín de Israel?
- No Clemente, pero tu sabes que tu madre te deja siempre tres sándwiches de jamón y manjar dentro del congelador.
- ¿Y éso tiene algo que ver con mi calcetín?
- Sólo si anoche soñaste con que yo te hacia un streeptease con el colaless fucsia de la hija mayor de tu vecina.
- ¿¡Cómo demonios sabes de que color...!? ¡YA! ¡No importa!
- ¿Me harías el favor de decirle a mi primo Don Bigotitos que la sopa de algas está enfriándose?
- ¿Qué sopa? ¿Algas? Suena a comida japonesa - Dice Clemente y se ríe apretándose el vientre.
- ¡¡¡No te atrevas a insultar a la sopa de algas!!! ¿Sabes siquiera para qué sirve esa sopa?
- Mmm... nop... pero... seguramente es la que hace que veas gatos morados con rayas blancas hablándote desde una pintura...
- ¡EXACTO! Entonces fui y le di un zarpazo por estúpido y estar hinchándome desde ayer en la madrugada.
- ¿Ah? Creo que perdí el hilo de la conversación...
- Sí, es que yo me lo comí - Sonrió el gato y dejó a la vista cinco hileras de dientes chuecos y de distintas formas.
- Dejando de lado mi calcetín... ¿Dónde está Goguín?
- Tu jodido perro siempre ladrándome. Como si me provocara atarlo con seda dental y esconderlo en el cesto de ropa sucia.
- ¿¡Le has hecho algo a Goguín!?
- Oh silvestres ninfas del arroyo más verde del cielo- Canta el gato.
Clemente corre al cesto de ropa sucia, ubicado junto a la tina del baño y lo vuelca, encontrando a Goguín, su perro beagle, con sus patas y cola amarradas con hilo dental. Vuelve increíblemente enfadado al cuadro para regañar al gato. Cuando se para en frente de él hay en lugar del gato un cartel que dice "Vuelvo en Marzo".
El gato tenía una mirada serena y una leve sonrisa que le daba un aspecto amigable, y al final de cada bigote había una flor de margarita. Botellas de cerveza vacías estaban desparramadas a sus pies.
Clemente se paró en frente y se puso a conversar con el gato:
- Oye gato ¿sabes dónde he dejado mi calcetín de Israel?
- No Clemente, pero tu sabes que tu madre te deja siempre tres sándwiches de jamón y manjar dentro del congelador.
- ¿Y éso tiene algo que ver con mi calcetín?
- Sólo si anoche soñaste con que yo te hacia un streeptease con el colaless fucsia de la hija mayor de tu vecina.
- ¿¡Cómo demonios sabes de que color...!? ¡YA! ¡No importa!
- ¿Me harías el favor de decirle a mi primo Don Bigotitos que la sopa de algas está enfriándose?
- ¿Qué sopa? ¿Algas? Suena a comida japonesa - Dice Clemente y se ríe apretándose el vientre.
- ¡¡¡No te atrevas a insultar a la sopa de algas!!! ¿Sabes siquiera para qué sirve esa sopa?
- Mmm... nop... pero... seguramente es la que hace que veas gatos morados con rayas blancas hablándote desde una pintura...
- ¡EXACTO! Entonces fui y le di un zarpazo por estúpido y estar hinchándome desde ayer en la madrugada.
- ¿Ah? Creo que perdí el hilo de la conversación...
- Sí, es que yo me lo comí - Sonrió el gato y dejó a la vista cinco hileras de dientes chuecos y de distintas formas.
- Dejando de lado mi calcetín... ¿Dónde está Goguín?
- Tu jodido perro siempre ladrándome. Como si me provocara atarlo con seda dental y esconderlo en el cesto de ropa sucia.
- ¿¡Le has hecho algo a Goguín!?
- Oh silvestres ninfas del arroyo más verde del cielo- Canta el gato.
Clemente corre al cesto de ropa sucia, ubicado junto a la tina del baño y lo vuelca, encontrando a Goguín, su perro beagle, con sus patas y cola amarradas con hilo dental. Vuelve increíblemente enfadado al cuadro para regañar al gato. Cuando se para en frente de él hay en lugar del gato un cartel que dice "Vuelvo en Marzo".
martes, 16 de noviembre de 2010
Miércoles
Otro miércoles más de mi existencia.
Me senté en un asiento preferencial del metro, porque los otros estaban ocupados ya que me subo en una estación muy concurrida a toda hora. Me iré al infierno pensé y me pareció gracioso así que sonreí y una señora me miro con cara de reproche ¡¿Por qué?! ¡Claro! Aún me encontraba sentada en un asiento preferencial. Ante la horrenda verruga en su nariz me sentí intimidada. Me paré y me senté en un asiento que estaba desocupado y no era preferencial...Yupi
En frente de mí había una joven sonriendo. Era bastante guapa, por no decir que era bellísima y me provocaba envidia. Alzó la vista, me miró, y juro que sus ojos penetraron los míos y se metieron a mi cerebro escarbándolo y revolviendo todos los recuerdos existentes.
En este lapso de recuerdos en licuadora, el tren salió al exterior. Esta línea no tiene estaciones en la superficie. Miré por la ventanilla y parecía que el metro volaba y paseábamos por un campo. Enderecé mi cabeza nuevamente y la joven susurró:
- Que rico huele el desparacitador de tu gato, envidiosa. ¡MIAU!
Y me desperté en el suelo del baño de mi humilde departamento, con el mata-pulgas derramado por todas partes e impregnado en mi ropa, y Arnold maullando desesperado sobre el lavamanos.
Me senté en un asiento preferencial del metro, porque los otros estaban ocupados ya que me subo en una estación muy concurrida a toda hora. Me iré al infierno pensé y me pareció gracioso así que sonreí y una señora me miro con cara de reproche ¡¿Por qué?! ¡Claro! Aún me encontraba sentada en un asiento preferencial. Ante la horrenda verruga en su nariz me sentí intimidada. Me paré y me senté en un asiento que estaba desocupado y no era preferencial...Yupi
En frente de mí había una joven sonriendo. Era bastante guapa, por no decir que era bellísima y me provocaba envidia. Alzó la vista, me miró, y juro que sus ojos penetraron los míos y se metieron a mi cerebro escarbándolo y revolviendo todos los recuerdos existentes.
En este lapso de recuerdos en licuadora, el tren salió al exterior. Esta línea no tiene estaciones en la superficie. Miré por la ventanilla y parecía que el metro volaba y paseábamos por un campo. Enderecé mi cabeza nuevamente y la joven susurró:
- Que rico huele el desparacitador de tu gato, envidiosa. ¡MIAU!
Y me desperté en el suelo del baño de mi humilde departamento, con el mata-pulgas derramado por todas partes e impregnado en mi ropa, y Arnold maullando desesperado sobre el lavamanos.
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